(Leído en voz alta en el descomposio, organizado por nuestrxs amixes de trama mutua en oficina particular, en el marco de estertor, una curaduría de amado cabrales uwu)

Por Carolina Estrada García

Hace dos años, entre lecturas de la universidad y un fuerte impulso por acercarnos, de cierta manera, a lo que entonces pensábamos como La Naturaleza (L mayúscula, N mayúscula), comenzamos a investigar las que ahora llamamos con cariño y curiosidad escrituras vegetales. Nombrar “escrituras vegetales” a una serie de actividades, especulaciones y procesos colectivos en torno a temas relacionados con literatura, filosofía, biología, tecnología y demás ciencias ficciones y disciplinas con límites inventados es, de cierta forma, autodescriptivo. Creemos que las definiciones limitan al objeto, y el encanto de las escrituras vegetales planteadas a manera de investigación abierta es esa posibilidad de transformación que pocas veces podemos encontrar en el planteamiento de un proyecto pero que necesariamente siempre está ahí.

 Las escrituras vegetales son una forma interesante de prestar atención a los tiempos de las plantas, relacionados con la espera cíclica, la simultaneidad y la transformación, además de proponer un relato multifoco y manejar las textualidades de lo imperceptible al entrenado ojo humano. No obstante, hemos de ser completamente honestxs: no somos un vegetal. Tampoco somos una planta, ni un hongo. Somos humanxs y humanxs pensamos y escribimos. Nuestros intentos por hacer una escritura vegetal son, como escribió-coloreó Dani Escamilla, [“ser planta desde esta experiencia humana y antropocéntrica”](<https://www.instagram.com/p/CVTUzKeLH8N/>). Cuando pensamos en escrituras vegetales, no solamente rastreamos la estructura de la representación, sino también investigamos el arte de habitar con otros vivientes, de mutualismos y parasitismos.

 Siguiendo uno de los extensos e inagotables hilos temáticos de las escrituras y lo vegetal, en mayo de 2022 propusimos pensar en escrituras y composta, teniendo como resultado un espacio multifocal de reflexiones tan diferentes, como cercanas. En estos [microtalleres](<https://escriturasvegetales.notion.site/Escrituras-compostables-43ea5c6b29f5469184df554e3569b9c1>), trajimos material que teníamos en nuestras casas pero que reusábamos desechar y, a partir de varios niveles de reflexión y preguntas que fuimos contestando a lo largo de la sesión, transformamos nuestros objetos, ideas y situaciones en un algo no necesariamente nuevo y pulido, sino que diera cuenta de este doble juego de pasado y presente en la creación. Así, de un estuche de tela más cinta adhesiva, por ejemplo, surgió una oruga. Al final, decidimos intercambiar entre nosotrxs los resultados y llevarnos a casa algo diferente. Aprendimos que, en estos movimientos e intercambios, al dejar ir y poner dentro, también están las escrituras de la composta.

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Las escrituras compostables también se nos revelaron como una oportunidad de compartir y entrelazar un vocabulario diferente para ser-con el texto. En este sentido, recordemos que con “texto” nos referimos a cualquier cosa que significa, no como afirmación ontológica sino epistemológica: imágenes, sonidos, postres, peluches, estampitas, gestos, comidas con lxs amigxs, etcétera.

 En nuestros espacios virtuales y presenciales de pensamiento-creación en torno a las escrituras compostables, sobresalieron tres temáticas: primero, cómo aprovechar ingeniosamente todos los recursos disponibles para la transformación; segundo, la dimensión de lo individual y la llamada “muerte del autor” dentro de los procesos simbióticos; y tercero, la necesidad de aquello que se echa a perder en el movimiento vivo. Hacemos hincapié en lo que pudimos observar y experimentar como los límites entre lo que vive y muere.

 Para hablar de escrituras y compostaje, tenemos por principal referencia la propuesta de Verónica Gerber en [*La compañía*](<https://www.veronicagerberbicecci.net/la-compania-the-company>), un artefacto narrativo de compostaje en el que intercala planos, mapas y fotografías, texto e ilustraciones, para la reconstrucción del relato de la Mina Nuevo Mercurio, localizada en un pueblo, San Felipe Nuevo Mercurio: una empresa minera en un poblado artificial del bajío mexicano. En este sentido, el compostaje no es nada más combinar un montón de recursos distintos, sino hacerlos colaborar entre sí para generar un intertexto de vida y muerte, mostrar aquello que se está descomponiendo y posibilitar el rebrote de algo más.

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 Si bien hemos encontrado diversas formas de escrituras compostables, por ejemplo, en las propuestas de Verónica Gerber, nos entusiasma ser interpeladxs en nuestras capacidades por experimentar por nosotrxs mismxs los estados de la composta y nuestras relaciones íntimas con la pudrición, la fermentación y la muerte. Para nosotrxs, es importante no solamente atestiguar otras formas en las que se están formando escrituras, sino poner las manos en la tierra.

 Podemos abordar las escrituras compostables de diferentes maneras, por ejemplo, como ese momento en el que se desdibuja la autoría y todo se mezcla. En relación con lo que propone Úrsula K. LeGuin, buscamos integrar nuestros textos en una bolsa o recipiente para la fermentación y el contacto físico y químico. En [*La teoría de la bolsa como origen de la ficción*](<https://drive.google.com/file/d/1-fh6g2iE-GnsxX2NnC_uIpI5A3S-y7Rl/view?usp=sharing>), LeGuin escribe “todxs hemos escuchado todo acerca de todos los palos, lanzas y espadas, las cosas para golpear, golpear y golpear, las cosas largas y duras, pero no hemos escuchado sobre las cosas para poner cosas, el contenedor de las cosas contenidas”. En este sentido, las bolsas son este dispositivo de composta que nos permite comprender el entramado de lo que se contiene. Las bolsas son dispositivos de composta y las compostas son el lugar de la colaboración para deshacer y reintegrar.

 Queremos que nuestras escrituras también puedan ser recipientes y dispositivos de composta. En una composta, la mayoría del tiempo, es imposible diferenciar aquello que se está componiendo y descomponiendo, y eso nos muestra la complejidad de relaciones que va más allá de una línea directa, ordenada cronológicamente, de la materia que vive y la materia que muere. Cuando observamos la descomposición, retomamos nuestros vínculos en la amplia red de tensiones y distensiones que es el mundo de las cosas: nos presentamos a nosotrxs mismxs en complejidad con todo lo que nos forma y de lo que formamos parte. Nos interesa observar estos procesos desde una mirilla particular: la descomposición. Nos preguntamos qué significa escribir para que el texto se pudra, y qué nos revela a nosotrxs mismxs como seres “racionales” e “individuales”, como nos hemos historizado a lo largo de los años.

 Es evidente: el canon está en crisis, el concepto de autoría ha sido repensado en las últimas décadas, y la originalidad no existe. Aún colaborando en un ecosistema creativo que se propone a sí mismo en un estado de deconstrucción constante, seguimos persiguiendo momentos de gloria autoral, de nuestra foto en blanco y negro, viendo hacia el infinito (notablemente hacia adelante, al futuro), y nuestro nombre acartonado en la parte trasera del libro. Leemos y releemos cada letra: 

c a r o l i n a  e s t r a d a  g a r c í a…

eso soy.