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Texto publicado digitalmente en la revista endémico.org

Por Carolina Estrada García

Nadie escribe en una página en blanco: el acto de escritura no es neutro y las palabras que utilizamos son impuras. A pesar de estar inscritas a una larga tradición que nos construye al pensar la escritura, redactar es un movimiento histórico, y generar enunciados “sujeto-verbo-predicado” responde a formas particulares del lenguaje, como un orden racional que comienza por el sujeto y siempre tiene al sujeto al centro, dándole el poder de la acción y la estructuración del pensamiento a partir de cómo redactamos, muchas veces con palabras altisonantes y elaboradas, para complacer a la soberana institución. Si bien la escritura es síntoma de cosmos, es decir, el orden del caos para pensar al mundo de izquierda a derecha y arriba a abajo, que suceda de esta manera no significa que todas las escrituras sean iguales, o que siempre se tengan que seguir las mismas reglas para hacer texto. De igual manera, concebimos a la escritura como un acto exclusivamente de humano racional –ni salvaje ni bárbaro– que puede darle un orden a sus ideas y transmitir efectivamente aquello que magnánimamente formula desde su cerebro desarrollado. Sin embargo, cuando se recorre la humanidad y se buscan nuevos centros, es posible comenzar a escuchar otros relatos y a repensar nuestra escritura misma.

Pero, ¿qué sucede cuando comenzamos a escribir desde lugares diferentes? ¿Qué nos muestra sobre nosotras mismas como “seres racionales” ensayar otras formas de relacionarnos con cómo hacemos texto? A partir de la exploración de la escritura vegetal como una forma alternativa a pensar el relato, mi objetivo en este balbuceo gráfico es la experimentación con otras formas de vida para hacer textos-otros que nos revelen modos diferentes de relacionarnos con el mundo. Para esto, realizamos una aproximación a la escritura desde la razón como pensamiento sensible y otros tipos de racionalidad y la otredad vegetal como movimiento doble de adentro y afuera, tanto en un aspecto formal, como de contenido. Escribimos el texto desde lo que considero escritura vegetal: de manera expansiva y enredadera.

No somos un vegetal

La escritura vegetal es una forma interesante de prestar atención a los tiempos de las plantas, relacionados con la espera cíclica, la simultaneidad y la transformación, además de proponer un relato multifoco y manejar las textualidades de lo imperceptible al entrenado ojo humano. No obstante, hemos de ser completamente honestas: no somos un vegetal. Tampoco somos una planta, ni un hongo. Somos humanas y humanas, pensamos y escribimos. Nuestro intento por hacer una escritura vegetal es, como escribió-coloreó Dani Escamilla, “ser planta desde esta experiencia humana y antropocéntrica”. Y como planta con ocelos, nos detenemos a observar.

«SER PLANTA DESDE ESTA EXPERIENCIA HUMANA Y ANTROPOCENTRICA”. © Dani Escamilla 2021

«SER PLANTA DESDE ESTA EXPERIENCIA HUMANA Y ANTROPOCENTRICA”. © Dani Escamilla 2021

Observar con nuestros ocelos

En 1905, el botánico austriaco Gottlieb Haberlandt comprendió que las plantas perciben imágenes a través de células convexas en su epidermis. Unos años después, Harold Wagner realizó experimentos de fotografía con las hojas de las plantas y observó en ciertas de ellas su capacidad fotorreceptora. Francis Darwin fue seducido por la manifestación de comportamiento de lo vegetal y su capacidad para recordar y, más recientemente, Stefano Mancuso escribió acerca de la comunicación a través de la mímesis y la capacidad visual de la Boquila trifoliata.

A diferencia de los botánicos locos obsesionados con el reino vegetal, solemos observar a las plantas como escribimos: rápidamente, como un ejercicio de razón y memorización, queriendo llenar de significados propios, desde nuestros territorios y sin prestar la atención suficiente. Observamos y escribimos científicamente, buscando separarnos de lo salvaje a partir de la clasificación y organización, siendo lo salvaje también nosotras mismas en nuestro despliegue y autorreflexión. Lo hacemos desde un supuesto dominio del pasado, cuando el hombre aprendió a escribir y comenzó a ser sapiente, y sobre un pedestal que nos pone a nosotras y nuestras opiniones por encima de todas las cosas. Escribimos sin curiosidad, un poco por la obligación de entregar el ensayo, para dejar de escribir pronto.

Dar centralidad a lo vegetal no es necesariamente hacer textos acerca de árboles, manzanas y hongos, sino hablar de la muerte, de relaciones inesperadas en los procesos de colaboración y mixtura, lo radical y rizomático.

En la introducción a Zonas de disturbio. Espectros del México indígena en la modernidad, Norman Bryson apunta que “(Sabemos que) mientras que la historia pretende operar en el dominio del pasado, en realidad fabrica ese pasado en el presente”. Comprender nuestra escritura hoy es desligarnos de un pasado explicativo, logocéntrico y comenzar a explorar en la raíz como un buceo geológico de la vida: la racionalidad no nos separa del salvaje, sino que nos hace salvajes. Escribir sin pretensiones de dominio del pasado, como observar con nuestros ocelos, es dar la vuelta a lo que creemos que sabemos pero que solamente estamos dando por hecho: lo humano. En este sentido, la exploración de una escritura vegetal es remover un poco el velo de lo conocido y ponernos en un centro diferente; escribir-vegetal es romancear con lo desconocido, para situarnos, sin expectativas, en lo inesperado.

Michel de Certeau entiende por el “politeísmo” de las prácticas ocultas o dispersadas a la perturbación fantasma, como escribe Norman Bryson. La perturbación fantasma también es lo que parece no estar allí; es el estado natural de los seres que no caben en los relatos hegemónicos, fueran las condiciones indígenas en la época de la conquista española, o el silencio en acecho de lo natural en la profunda separación dicotómica y por oposición de lo humano con aquello que lo rodea. Si la distinción entre lo natural como afuera y lo humano como adentro es engañosa, ¿quiénes son los seres racionales? ¿Cuáles son los temblores elementales que reorganizan nuestro estado frente al “exterior natural”?

El único territorio libre es el territorio salvaje

En La inteligencia de las flores, Maerterlink escribe que “el verdadero y gran milagro empieza donde se detiene nuestra mirada”. La mirada a la que se refiere es moderna en cuanto a su fijación en un metarrelato que pone a un ser-estar-humano particular al frente, meticuloso y con ansias de descubrimiento, como si el mundo “exterior” no fuera más que un territorio conquistable e inexplorado y no un espacio de simbiosis. El multifoco de la escritura vegetal que detona otras maneras de pensar el relato, en este caso, podría ser configurado como posmoderno, es decir, un lugar en donde se hace visible lo invisible y se desafía, desde diferentes lugares, como el feminismo, “la distancia que mantiene entre él mismo (el hombre) y sus objetos, una distancia que objetifica y domina”.

Wiley Online Library. 738. BOQUILA TRIFOLIOLATA - Christenhusz, 2012.

Wiley Online Library. 738. BOQUILA TRIFOLIOLATA - Christenhusz, 2012.

Pensar en la escritura vegetal es una invitación a repensar el relato como un algo “multi”, en el rizoma que Deleuze y Guattari tradujeron de la botánica, es decir, como la aprehensión de las multiplicidades, de las raíces expansivas sin predicción jerárquica, sin centros y miradas verticales a la distancia. La escritura vegetal, por lo tanto, se conecta por debajo de la tierra: es horizontal, inesperadamente creativa y se configura a partir de mesetas. La escritura vegetal, como buena rizomática, no puede ser domesticada: revela nuevas conexiones posibles, puede ser trasplantada y compostada, y crece como hiedra salvaje contra todo aquello que quiera terminar con sus intenciones expansivas. Hacer texto vegetal también significa repensar el orden jerárquico de la información, quitar-poner conforme va pasando el tiempo, escribir desde la muerte y dejar que se pudran opiniones que antes parecían relevantes. En la escritura vegetal no hay permanencia, solamente colaboración que se dilata.